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Abril 15, 2012

El ‘vicio’ de Petro

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Written by: Metro en Bogotá
Gustavo Francisco Petro Urrego es un tipo bajito que intimida con la mirada. No mueve las manos para hablar, como hacen los políticos en Colombia, y es profundamente denso, fruto de una vieja pasión por la filosofía y las matemáticas. Petro suele responder en cámara lenta, masticando cada palabra, y con un tono de voz grave, no estridente, que lo hace casi solemne. Y hasta arrogante.

Pese a estar presente en la vida pública desde que fue guerrillero del M-19, hasta convertirse en alcalde de Bogotá en octubre del año pasado, es uno de los hombres más desconocidos del país. Uno podría decir que detrás de ese “volcán de ideas”, como lo llama Antonio Navarro Wolff, su veterano compañero de batallas armadas y políticas, hay un Petro infranqueable, que no se deja descubrir fácilmente.

Hoy, todos saben qué piensa de la corrupción y de las mafias (esa es una de sus palabras favoritas), pero poquísimas personas, dado su carácter introvertido y a  veces huraño, conocen qué come, por qué se viste tan mal en algunas oportunidades, qué música escucha, quiénes son sus amigos, por qué tuvo tantas novias e hijos, por qué llora y hasta dónde quiere llegar.

¿Cómo un hombre costeño, con raíces campesinas, que vive su infancia en un pueblo tan apacible como Zipaquirá, termina convertido en guerrillero, senador incómodo, político chuzado, enemigo de Álvaro Uribe, candidato presidencial y ahora alcalde de Bogotá?

Soy un costeño, en cierta forma, educado culturalmente en las tierras más cachacas de las cachacas, como es Zipaquirá, y por eso no tengo acento. Viví momentos históricos en ambos lugares: por un lado, está la Córdoba de los años 70, que era revolucionaria, junto con Sucre. Ambas regiones eran el epicentro de las grandes marchas campesinas del país.  Incluso recuerdo a un tío, que ya murió, que estudió derecho en aquella época, y que decía: “En Córdoba hay una revolución”. Y, por otro lado, está el contexto de Zipaquirá, donde me críe intelectualmente porque allí llegué a los ocho años. La historia de ese pueblo es interesante: es la ciudad de los comuneros, es donde fusilan a los patriotas, luego se vuelve gaitanista y posteriormente se convierte en un pueblo obrero y estudiantil. De ser una ciudad obrera anapista se pasó al M-19.

¿Y qué pasa por su cabeza para decidir entrar a la guerrilla?

Cuando la Anapo está en las elecciones presidenciales de 1970, yo hago las cuentas, porque era muy matemático, y percibo cómo se robaron las elecciones. Recuerdo el toque de queda que se decreta en Zipaquirá, con el Ejército en las calles, en medio de una población netamente obrera y no campesina. Esto último es clave en mi formación, porque allí se incuban los primeros sindicatos y un liderazgo obrero e industrial muy fuerte, ligado a la Anapo. Yo paso mis años de clases en un colegio público, de curas, donde también estudió García Márquez, y aunque estaba en primero de bachillerato, y soy muy niño, suceden estos hechos. Cuando estoy en tercero se viene el golpe contra Salvador Allende, en Chile, los curas lo celebran, y llega también el triunfo en Vietnam y el auge del hippismo y la música rock de The Beatles, y todo eso se junta. También llegan los ecos de la revolución estudiantil europea y, al mismo tiempo, en Zipaquirá se crean unos núcleos de nadaístas y movimientos literarios. En ese momento, nosotros no teníamos ninguna distracción, como ir a la discoteca, sino que nos dedicamos al estudio. La reacción de los curas contra Allende, y a favor de la dictadura de Franco en España, nos llevó al estudio de las teorías de la izquierda. De ahí nos vinculamos con los nadaístas zipaquireños y con toda la dirigencia obrera, que ya estaba en el M-19.

¿Para esa época, ya sabía manejar armas de fuego?

No. Éramos estudiantes de bachillerato, dando una lucha política, quizá inmadura, pero muy clave.

¿Cómo eran los días del joven Petro guerrillero?

Estaba estudiando en la Universidad Externado y me conectaron en Zipaquirá con dirigentes obreros para dar una lucha popular. Me volví dirigente porque nos tomábamos terrenos para hacer barrios para la gente pobre, como el Bolívar 83. Eso era el M-19. Luego, me volví concejal gracias a ese liderazgo, y era de los pocos independientes. Nos vinculamos al Movimiento Firmes, después hicimos un periódico, lo vendíamos y, realmente, eso éramos en esa época: periodistas. Carta del pueblo era un periódico para organizar, no solamente para informar. Cuando vi por primera vez al M-19 como una guerrilla, fue en 1984, tenía 23 años y era concejal. Nos invitaron a la firma de los acuerdos de paz con Belisario Betancur, en Corinto (Cauca). Casi no conocía el país, vivía en Córdoba y en Zipaquirá, incluso me perdía y no conocía Bogotá. Debo decir que la ciudad me daba miedo. Entonces, me fui solo hasta el Cauca y, al llegar, vi lo que era el M-19, con toda su gente venida de la montaña. ¿Qué sensación me produjo ver todo ese ejército, las armas, los fusiles, todo ese liderazgo de Carlos Pizarro, Antonio Navarro Wolff, Vera Grabe e  Iván Marino Ospina, quien a propósito fue el que más me impresionó? Que había mucha dureza. Mientras yo estaba en un mundo de obreros y de gente pobre, ahí percibí la realidad del país: los rostros quemados por el frío y un ánimo combatiente para la guerra.

A usted lo detienen en el barrio Bolívar 83, en medio de la conmoción y la tristeza de todos los vecinos, y lo trasladan a la Escuela de Caballería. ¿Qué es lo que más recuerda?

A mí me sacaron encapuchado en un camión. Me daban patadas, junto a otros muchachos y señoras, pero yo era la presa. De niño me habían llevado a fiestas a la casa de un tío, que quedaba cerca del Cantón Norte, y reconocía las canteras y, además, estaban las historias que El Espectador publicaba sobre las torturas contra miembros del M-19 en la época de Turbay. Los sitios donde se hacía eso eran la Brigada de Estudios Militares, la Escuela Charry Solano y la Escuela de Caballería. Durante tres años continuos, en el gobierno de Turbay, hubo torturas y, por esa razón, García Márquez se había exiliado. Allí trataron de llevar al poeta León de Greiff, que cubrió la espada de Bolívar. Por eso, cuando me detienen, yo sabía qué pasaba ahí. Uno está muerto del susto y trata de coger fuerzas al interior de uno mismo, porque afuera todo es enemistad. Soy altamente miope, desde que tenía 15 años, y en esa ocasión usaba unas gafas muy gruesas y fue lo primero que perdí porque me las rompieron. Veía las cosas borrosas y no podía distinguir quiénes me hicieron eso. Me tuvieron cuatro días, no comí, y estaba descalzo. Todo se dividía en tres momentos: uno de soledad; otro en el que llegaba el malo y me pegaba, y el final, cuando aparecía el ‘bueno’ y me hacía las preguntas. Estando en esas, una vez, me encapucharon y me llevaron a un cuarto. De un momento a otro llegaron diez oficiales, me quitan la capucha y los pude ver vestidos con el uniforme militar y sus insignias y con capuchas negras. Ese fue un momento asustador, pero era como algo psicológico, porque no me golpearon, y me hicieron las mismas de preguntas de siempre. Había un oficial flaco, de bigote, que parecía el jefe, se me acercó y siempre pensé que era el coronel Plazas Vega. Solo una entrevista con EL TIEMPO, reciente, me demostró que no era, porque él estaba en vacaciones en esa época. De ahí salí a la cárcel, que fue muy duro. Los presos parecían animales, como simios, y estaba la dureza de los funcionarios.

¿Cómo conoció a su hijo Nicolás estando en La Picota?

Llegué a ser torturado con esa sensación de ser papá. Mi experiencia paternal inicial fue lamentable porque el día en el que supe que mi novia estaba embarazada, iba camino a la tortura. No volví a saber nada del bebé hasta que ella lo tuvo y me lo llevó en brazos a la cárcel. Yo sentí una mirada triste en él y no lo pude criar. Hoy, él es un abogado de 24 años  y nos tratamos bien, pero queda ese vacío, porque no lo críe. Él nunca me ha reclamado eso.

Cuando se desmoviliza el M-19, viaja a Europa y se radica en Bruselas (Bélgica). ¿Se aburría de la tranquilidad?

Sí, mucho (risas). Viajé derrotado a Europa, y no la pude gozar. Ya se había acabado el M-19 y habíamos sido derrotados en las elecciones. Eso fue hacia 1994 y me fui a ver qué pasaba por el mundo.

A propósito, ¿cuántas veces ha hecho maletas y ha tenido que ir del país por las amenazas de muerte?

Muchas. Nuestra capacidad de recoger información delicada, que en el Congreso creció gracias a los debates, nos sirvió para captar datos de atentados contra nuestras vidas. Nunca el Estado nos ayudó en esos ocho años de debate contra el paramilitarismo. El excomisionado de paz Luis Carlos Restrepo es testigo del intento del ex jefe paramilitar Miguel Arroyave de asesinarnos. Ellos, en lugar de avisarnos, le dieron a él un helicóptero para salir de Santa Fe de Ralito e irse hasta los Llanos, donde lo mataron. Pudimos detectar ese y otros cuatro intentos de asesinatos, algunos de los cuales están registrados en procesos judiciales. En el de Arroyave sabíamos que el comando que iba a operar, dirigido por un oficial del Ejército, estaba en Tolemaida, en aquel entonces con miembros del paramilitarismo del Bloque Tolima. El segundo al mando de ese bloque desertó y nos contó todo. Estábamos bajo un gobierno enemigo y no sabíamos qué aliados reales podíamos tener. Por esa razón, lo único que hacíamos era denunciar, aunque quedábamos como unos pelietas, pero la denuncia siempre servía y era efectiva porque se desbarataba todo. Yo salía del país y luego volvía al debate.

En una de esas salidas termina viviendo en un sótano en Washington, junto a su actual secretario privado, Jorge Rojas, que trabajaba en temas de desplazados. ¿Qué tal vivir casi bajo tierra?

En Estados Unidos, los sótanos son unas mansiones (risas). Ese sótano es nuestra embajada. Hay una colombiana que se llama Cristina Espinel, que salió hace mucho de Colombia por razones políticas, perseguida, y se casó  con un norteamericano, de izquierda, de origen judío, Charlie. Él es un traductor profesional insigne, hace traducción simultánea de varios idiomas. Él coincide mucho conmigo y nos hemos vuelto muy amigos. Esa es la embajada de la izquierda en Washington. Es una casa vieja, enorme, cerca de la estación de metro de Columbia Heights. Allá llegan los abogados de derechos humanos, los sindicalistas, la gente perseguida, los afros, allá uno tiene sus primeras dormidas mientras resuelve su situación. Además, es un centro de debate político permanente. Allí fue donde se organizó lo que Juan  Manuel Santos no pudo entender y es cómo le ganamos a Uribe la pelea por el TLC, cómo podíamos tener mejores agendas que el Gobierno. En el sótano viví dos meses con Rojas. Fue una etapa difícil.

¿Es verdad que, en alguna oportunidad, fue amigo de Luis Carlos Restrepo?

Sí. Él me decía que lo calumniaba en un debate porque yo afirmé que él quería entrar al M-19 y efectivamente él lo quiso en algún momento de su vida. Él era un hombre de izquierda. De hecho, fundamos un movimiento político junto con Navarro Wolff y Antanas Mockus, que era la Alternativa Política Colectiva, que no vio luz, pero casi. Esa fue la antesala del Polo.

¿Cómo es su relación con Navarro Wolff, teniendo en cuenta que siempre ha estado en una jerarquía mayor a la suya?

Es amistosa, porque han pasado muchos años de luchas comunes, en donde él ha tenido más prevalencia, y no deja de ser un poco difícil ahora. Pero como en la Administración de Bogotá no usamos el estilo de las jerarquías militares, propio de las burocracias civiles, sino que tratamos de discutir  temas, hay espacio de discusión, para la libertad, y las construcciones colectivas.

Alcalde, con total franqueza, ¿usted es tímido o arrogante?

Con las mujeres no soy tímido (risas) y bailando tampoco, ni en las reuniones sociales. Tengo mucho orgullo y eso me lleva a la terquedad. En 1985, Pizarro me decía que mi principal virtud, y quizá mi principal error, era la tenacidad.

¿Y de dónde viene esa calma y autocontrol que transmite? ¿Acaso toma goticas, como Uribe?

No, nada. Cuando alguien se sale de los estribos, pierde. Eso lo aprendí con el comunismo y en un librito de los samuráis japoneses, que habla de una filosofía que me interesa y es que en un combate hay que mantener el equilibrio, y lo tomo como una norma. A veces no es fácil, pero en el 99 por ciento de los casos lo hago y más cuando siento que hay un ataque.

¿A un hombre como usted, que luce duro como un roble y que pareciera no inmutarse, qué lo conmueve?

Soy rígido, pero no duro. Lo que pasa es que soy firme y en los debates en el Congreso aprendí eso. Pero soy un hombre sensible. Mi personalidad es apasionada, muy activa, emotiva, pero introvertida. Lo que me conmueve va por dentro y no lo expreso fácilmente, pero lo que me conmueve es la injusticia social.

¿Llora?

He llorado varias veces.

¿Por qué lloró la última vez?

Hay momentos en que se me humedecen los ojos y tienen que ver con la recordación de un pasado del que siempre he intentado escaparme. Un 19 de abril, que es mi cumpleaños, siempre me afecta porque no solamente cumplo años, sino que se mezcla todo (un 19 de abril se formó el M-19). Es un día demasiado sensible para mí y me vuelvo ensimismado. Generalmente, lo festejan porque es el aniversario del M-19, pero lo viví encalabozado dos años.

Tiene fama de ser un tipo coqueto…

Cuando joven, era de buenas (risas). Tuve muchísimas mujeres, a veces las vuelvo a ver viejitas, y ahí es donde uno mide el paso del tiempo y uno cree que no ha envejecido. Hoy, soy un hombre fiel. Debo decir que no lo era y era muy libre en mis relaciones, creo que la sexualidad del ser humano tiene que ser libre, profundamente libre, pero ya soy un hombre de 52 años, con un poco de hijos encima, y me gusta mi mujer (Verónica Alcocer).

De hecho, me dicen que ella lo cuida mucho…

Como todas las mujeres…

¿Y cómo se levantaba a sus novias en la adolescencia?

Bailando, y en tierras cachacas eso era muy fácil. En tierras costeñas, si uno no baila está fuera de combate.

¿Cómo se enamoró de su esposa?

En una conferencia, a la que ella asistió como estudiante.

¿Ella manda con firmeza en la casa?

Es profundamente firme… (risas)

¿Qué planes suelen hacer?

A ella le gusta bailar, como costeña que es, y a mí también, pero cada vez es más difícil. Cuando vamos a la Costa, a nuestra tierra, estamos con la familia, y ahí es cuando me doy la oportunidad de volver a escuchar porros. No es que baile superbien, pero no me rajan en eso. ‘Los gaiteros de San Jacinto’ me han acompañado mucho en esta última etapa y siempre llegan a donde estoy. Me gusta escucharlos. Le cuento que los iba invitar a la posesión, pero cuando vi los costos preferí que estuviera la Orquesta Filarmónica, que es de la ciudad. Hoy, comparto con los niños principalmente, porque ellos han perdido tiempo y espacios por nosotros. El poco espacio que queda hay que aprovecharlo con ellos. Si toca ver dibujitos, pues toca ver dibujitos.

Alcalde, ¿por qué tantos hijos?

Porque son dos episodios diferentes en mi vida.

Dicen que usted es muy tacaño…

(Risas) No, yo soy frugal.

¿Es decir?

A mi no me gusta el lujo, no tengo carro hace muchos años. De hecho, la camioneta que se vio involucrada en el accidente, que es de mi esposa, se iba a vender y, preciso, ¡nos estrellaron! La compramos con un leasing porque, cuando salí del Congreso, no teníamos cómo mover a los niños y di el paso al tal leasing ese, que fue un mal negocio porque mire todo lo que ha pasado. Por otra parte, trato de que el lugar donde viva sea cómodo, pensando más en los niños. Yo solo tengo muchísimos libros y no gasto en comida o ropa de manera excepcional.

Hablando de comida, la única vez que lo he visto personalmente en un restaurante fue en la Bonga del Sinú, en la calle 116, en Bogotá. ¿Es su favorito?

Ese es el de mi esposa, porque a ella le gusta la comida costeña. A mí me gustan son los espaguetis.

¿Y ya tiene ubicado un sitio donde los preparen a su gusto?

He descubierto un lugarcito que queda yendo hacia Tabio (Cundinamarca). Por la vía a Río Frío hay un lugar de un pintor que puso un restaurante para poder sobrevivir y es un excelente cocinero. No me acuerdo de su nombre (risas), pero es el único que hay ahí.

¿Qué clase de música escucha?

Músicas raras. Escucho algo que se llaman fusiones y músicas étnicas de todo el mundo, gitana, africana, árabe. He querido ver cómo se puede fusionar la música clásica, con la árabe y la africana y así surgen cosas interesantes. Todo esto tiene que ver con los nuevos idearios políticos, pues son demostraciones de la diversidad humana.

¿Se sienta a ver televisión?

Ya casi no veo televisión. Iba a cine, pero perdí la costumbre. A mi me gustaba el cine de calidad y cada vez lo encuentro menos. Lo que hago es leer mucho y me torturo con filosofía abstracta y llevo 10 años en eso: mi mayor esfuerzo filosófico es el estructuralismo francés, sé leer francés, pero solo lo hablo cuando me dan vino (risas).

Pero, Alcalde, uno no se lo imagina a usted con una copa en la mano y bebiendo…

Yo tomo depende de la fase de la vida en la que esté, y fundamentalmente cerveza. Lo cierto es que eso de tomar en público se volvió muy peligroso. Entonces, es mejor en familia.

¿Le jaló al cigarrillo? ¿Probó alguna droga?

Nunca he probado el cigarrillo, nunca me gustó. Y sobre las drogas le cuento que en la cárcel la situación era muy fregada para los jóvenes. Allá, un 31 de diciembre, los presos hacían chicha y tenían todo un sistema de fabricación de bebidas alcohólicas, pero el 31 había un alto consumo de drogas. Una vez nos dieron chicha y un cóctel y tenemos la absoluta certeza de que era un cóctel molotov (risas), porque no sé exactamente qué tenía. Una vez probé la marihuana, porque me la ofrecieron, cuando era joven en Zipaquirá, pero nunca le encontré gusto.

Sebastián Jaramillo, el fotógrafo, interrumpe la entrevista y toma del brazo a Petro, como si fuera un viejo amigo, y se lo lleva a un balcón de la casa del Acueducto de Bogotá, en la represa San Rafael, en La Calera, donde hacemos la entrevista. Es una vivienda amplia, de estilo colonial, con varios salones. El alcalde ha citado a su gabinete a este sitio, a unos 45 minutos de Bogotá, para definir el plan de gobierno. Sebastián sabe que el entrevistado es rígido y, para invitarlo a sonreír, lo acomoda en una esquina. Petro se deja. Entonces, Sebastián se arrodilla con su cámara y, desde abajo, le grita durísimo al alcalde: ‘¡Mr Petro, por favor una sonrisa!’. Petro se relaja y sonríe. Diez minutos después, volvemos al salón.

Los expertos en moda lo calificaron hace unos años como uno de los hombres peor vestidos del país. Es que, sin problema, usted puede mezclar saco café con una corbata morada…

Soy ignorante en la materia. En Colombia hay una directriz muy cachaca en ese tema, es decir, dicen que el costeño no se viste bien porque utiliza otro tipo de colores, diferentes a los grises y negros. Para un cachaco, bajo estas consignas, un europeo debe ser un payaso. Yo no tengo esa misma apreciación sobre la ropa. A mi me gustan más los colores claros que los oscuros, pero me toca acostumbrarme. Pero es que, además, soy descuidado con eso. Por ejemplo, dejaba las camisas definitivamente cuando veía que se les salían las hebras por todas partes. Soy frugal en la moda y en el vestir y, por ejemplo, tampoco me gustan los carros, no sé de eso. Aprendí a manejar en Europa, pero llegué a Bogotá y sentía que todo me dispersaba y por eso no conduzco hoy en día.

Sin embargo, últimamente, lo vemos mejor vestido. ¿Quién lo está asesorando?

Me visten. Hay una señora que conocí en la campaña, que tiene un negocio, Almacén Escabal, y decidió asesorarme. Ella hace ropa, tiene su tiendita, corta sus tallas y hace muy bien los vestidos. Mi esposa también me ayuda.

Uno podría identificar a sus aliados políticos, pero no a sus amigos personales. ¿Quiénes son?

Considero amigos a los que vienen del pasado. Ahí va quedando un grupo, y a veces algunos decepcionan, porque la vida va cambiando, pero es un núcleo muy duro. Ha cogido fama de guardia pretoriana, pero es vital porque, en momentos de riesgo, de ataques frontales, con intentos de asesinato, esos núcleos se vuelven fundamentales.

¿Y sus papas? ¿De dónde vienen?

Mi papa es costeño, hijo de campesinos. Mi abuelo nació en 1898 en San Pelayo (córdoba) y mi familia no ha tenido claro su origen, puede ser italiano. De hecho, soy ciudadano italiano. Córdoba y Sucre tienen fuentes de inmigración árabes, francesas e italianas. Es una inmigración que, con excepción de los árabes, se volvió campesina, tal como ocurrió en Brasil, y de ahí salimos nosotros. Mi papá es el primero de la familia que sale de su región a estudiar (los mayores nunca abandonaron el campo), viene a Bogotá y acá se conoce con mi mamá, que es la cachaca. Mientras mi papá es de origen conservador laureanista, mi mamá viene de la vertiente liberal, de una familia desplazada por la violencia de la región del Guavio por ser gaitanista. Entonces llegan a Las Cruces de Bogotá y se conocen. Ella se dedicó a hacer ama de casa, pero nunca ha perdido ese ‘feeling’ político gaitanista.

¿Quiénes son sus hermanos?

Tengo una hermana exiliada, casada con un ciudadano canadiense, de origen griego, que es Adriana. Vive con mi mamá, que también está en el exilio, y tiene nietos nacidos allá. Mi hermano (Juan Fernando) es un poco diletante, dedicado al mundo científico, casi es biólogo, pero fue expulsado de la Universidad Nacional por hacer una huelga de hambre y nunca terminó su carrera, sino que se dedicó al estudio didáctico de tipo científico.

¿Alguna vez pasó hambre?

Sí, muchas. Creo que las etapas de no aguantar hambre son las escasas, como la parlamentaria, donde tienes un sueldo muy alto. En Ciénaga de Oro (Córdoba), mi casa era de bahareque con techo de palma; en Zipaquirá vivía en un lugar muy pequeño, en la calle 8, frente al matadero. Estudiaba con luz de vela y perdí la visión por eso. Mi familia nunca ha sido rica y, como estudiante, fui pobre y aún más como combatiente clandestino. No sé cuántas veces dormí encima de la tierra, o en casas de pobres siempre. Ellos fueron los que me acogieron y por eso les tengo mucha gratitud. En resumen, siempre he tenido una vida de carencias, pero no me disgusta, porque siempre me he preparado para eso. Hoy, me estoy engordando, por la buena comida que hay en la Alcaldía. Estoy comiendo muy bien (risas).

Hoy, ya en el poder, ¿no se siente incómodo con toda la parafernalia que hay a su alrededor?

Desconfío del que me adula y esa es la peor manera de estar a mi lado. Eso no lo sabe la gente, pero aparto al que adula. Eso sirve para protegerme un poco. El poder es una droga, la peor droga y adictiva, como todas. Deforma la realidad.

¿Y usted cómo evita que le ocurra eso?

Nunca he sido un hombre de poder, he sido de contrapoder, que es diferente, y he sufrido las consecuencias del poder todo el tiempo. Ahora hay un espacio de poder indudable, porque estoy tomando decisiones que varían el quehacer de las personas, y ahí empieza a funcionar la droga. Eso es lo que diferencia al ser humano del animal: si el poder te captura, eres un animal. La lucha de la civilización es la lucha contra el poder. Dentro de uno mismo hay que generar unos mecanismos de autorregulación.

Alguien con su pellejo, ¿le teme a la muerte?

No. Llegará.

¿Goza de buena salud?

Estoy muy bien. Cuando me hacen exámenes rutinarios, me dicen que mi pulso es de deportista (risas).

¿Hace ejercicio?

Sí, pero en estas últimas semanas no he podido. Corro en el apartamento en una máquina, pero cuando tengo la oportunidad, que cada vez es menos, trato de correr por ahí.

Decía Antonio Caballero, en una columna en Semana, que su sonrisa es escalofriante, que si las serpientes sonrieran, lo harían como usted. ¿Qué opina de eso?

Mi mujer dice que es encantadora (risas).

Amigos y contradictores lo han criticado duramente por haber votado por Alejandro Ordóñez como Procurador General de la Nación. ¿Se arrepiente?

Espero que cuando se acabe el contrato con la Corporación Taurina, no me saque de la Alcaldía (A Ordóñez le gusta ir a toros). En realidad no me arrepiento de haber votado por él. Si algo he aprendido en toda mi existencia es a respetar la diversidad. Los puntos de encuentro con él son la lucha contra la corrupción y hasta ahora no me ha defraudado. En otros temas, obviamente, hay una gran distancia.

¿Cuándo fue la última vez que habló con el presidente Hugo Chávez?

Fue para hacerle un favor a Uribe, que nunca agradeció. En el estallido por la crisis de Granda, que casi se rompen las relaciones, abrimos un espacio para el diálogo y Sabas Pretelt  (entonces ministro del Interior) me ayudó. Fui a Caracas y hablé con Chávez, se reconstruyeron las relaciones, pero después se dañaron definitivamente. Esa fue la última vez que lo vi, pero tengo ganas de volverlo a ver.

¿Cómo fue ese paseo que le dio usted a Chávez por La Candelaria y el centro histórico de Bogotá?

Él no era presidente para ese momento, fue en 1994, después del intento de golpe de él. Nosotros leíamos lo que pasaba en Venezuela, que él había despertado un movimiento popular y reivindicaba Bolívar y nosotros siempre hemos sido bolivarianos. Entonces eso nos llamó la atención. Lo invitamos, hicimos una ‘vaca’ para pagarle los pasajes. Él era flaco, igual que nosotros, y se vestía con el liquilique verde oliva. Él se mostró muy interesado en la Constitución de 1991, habló con Álvaro Gómez, en una entrevista muy buena, y también con Navarro Wolff sobre la experiencia del M-19 en la Constituyente. Nosotros queríamos ver lo que nos parecía excepcional y era cómo un militar podía relacionarse con la izquierda colombiana, y con los jóvenes.

¿Cómo describe en una palabra a estos personajes?

Álvaro Uribe

Un señor feudal.

Enrique Peñalosa

Un modernizador del siglo XX.

Jorge Enrique Robledo

Sectario.

Samuel Moreno

Delincuente.

Gina Parody

Inmadura.

José Obdulio Gaviria

Pseudo-intelectual.

Usted siempre ha sido un consentido de los medios. Ahora, que está en el poder, se siente acorralado por la prensa. ¿Es así?

Nunca he sido consentido de los medios. Hemos sido productores de ‘chivas’ por nuestras investigaciones, y ahí nos conectamos con los periodistas, cada parte con un interés. Por ejemplo, cuando hicimos toda la investigación  de la ‘parapolítica’, al comienzo fue muy difícil y, poco a poco, la contundencia de los debates abrió el escenario. Y se volvió una chiva muy importante para el país.

¿Pero siente que la prensa lo acorrala?

La prensa es un mundo complejo y no se puede homogenizar. Es un mundo de propietarios, y los hay grandes y pequeños; y es un mundo de periodistas, en plural. En el mundo de los propietarios hay intereses y en el de los periodistas está el reflejo de la sociedad colombiana en su complejidad: encuentras al que se deja comprar, encuentras al que está supeditado a las mafias, encuentras al que estaba en la nómina del paramilitarismo y encuentras al valiente, el que ha luchado contra las mafias, son héroes.

¿Hay algunos medios en específicos que le estén haciendo la vida imposible?

¿Qué es lo que pasa con los medios y los gobiernos de izquierda en América Latina? Paulatinamente, la región ha pasado a gobiernos de izquierda, todos diversos, desde México hasta la Patagonia, después de una época muy terrible de las dictaduras y la década perdida del neoliberalismo. Los medios de comunicación latinoamericanos han pasado por esas fases, y no han cambiado, mientras que la vida política y social de América Latina ha sufrido grandes transformaciones, hasta esta nueva búsqueda, que yo llamo la primavera latinoamericana. Los medios siguen siendo son los mismos, más o menos con los mismos propietarios. Es decir, es una misma estructura que, me da la impresión, cada vez reconoce menos su propio subcontinente y cada vez se liga más a la dinámica del mercado mundial, a los intereses económicos globalizados. Están muy afincados en un estilo de televisión que yo llamo Fox News, de la derecha norteamericana. La escuela Fox News ha irradiado a una serie de medios que no logran captar la riqueza y la variación de sus propias sociedades y se están quedando en unos formatos que originan una tensión inmensa, por el prejuicio.

¿Comparte lo que el hizo el presidente de Ecuador, Rafael Correa, con el diario ‘El Universo’, de Guayaquil, y la demanda a los periodistas?

Hemos estado ante esa alternativa de demandar. A nosotros nos han demandado muchísimo por calumnia, yo tengo una colección (risas), y creo que todos esos procesos se acabaron. Pero también hemos estado ad portas de decir: bueno, aquí nos están calumniando, ¿pasamos a la demanda? Y aún sabiendo que tenemos razones,  nunca hemos procedido a eso.

Jorge Rojas, el secretario privado de Petro, el mismo que vivió con él en un sótano en Washington, entra al salón y suspende abruptamente la entrevista, pues cuenta que los secretarios ya llevan más de una hora esperando al alcalde para definir asuntos de la ciudad. Le digo al alcalde que aún me quedan preguntas y le pido permiso para, al final de la mañana, sobre el mediodía, irme en su camioneta hasta El Nogal, donde tiene previsto intervenir ante el pleno de los empresarios de la infraestructura. Petro accede y, pasado el mediodía, junto al conductor Willy, un joven moreno que lleva el pelo engominado, y el capitán de la Policía Carlos Feria, su jefe de seguridad, salimos de La Calera rumbo a Bogotá. Vamos en una de las caravanas de escoltas más seguras del país.

Hablando de comunicación, lo dan palo porque no suelta el Blackberry y no deja de tuitear… ¿Por qué se volvió tan aficionado a Twitter?

Acuérdese que le dije que yo comencé en mis lides políticas siendo periodista. Soy un hombre de comunicación. Si usted no estuviera aquí en la entrevista, iría mirando mi Twitter para contestarles a los ciudadanos. Aprovecho la mayoría de mis respuestas para generar línea sobre los temas fundamentales de Bogotá y, obviamente, ahí se desatan las discusiones.

¿Alguna anécdota con sus más de 170.000 seguidores?

Uno guarda el celular en el bolsillo y se dispara, y quedan letras confusas y salen por Twitter. Le pasó a Mockus una vez, yo pensé que a mi nunca me iba a pasar,  y me pasó hace unos días (risas). También hay gente amenazante, que coge esto como cuando entra a un baño a escribir groserías en la pared. Algunos le dan la misma lógica. Generalmente, uno los bloquea o pasa de largo.

¿Se siente el político de moda?

(Risas) Tengo una enorme responsabilidad. Estoy tratando de aprovechar estos días y semanas para poner unos temas cruciales en la opinión pública, que no son marginales, como el cambio climático y una nueva relación con la naturaleza. Eso de los toros y los perros, que parecen temas marginales, no lo son.

¿El próximo presidente de Colombia será de izquierda?

No puedo hacer política, pero el 2014 parece ser el año de transición. El Gobierno actual es de transición, pero no sé hasta donde llegue la audacia de Santos. Aquí, la verdadera reforma es la agraria. Ese es el reto. El que haga la reforma agraria hace la paz.

¿Usted quiere ser presidente?

No sé qué pase en el futuro, porque no soy obsesionado con esos temas.

La camioneta llega al parqueadero de El Nogal. Petro se baja y, antes de despedirme, le digo que me falta la última pregunta.

Defina al presidente Santos…

Es un reformador. Un buen jugador de póquer.

Metro en Bogotá agradece al periodista Yesid Lancheros por compartirnos esta entrevista – Publicación Revista Bocas






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  2. […] Gustavo Francisco Petro Urrego es un tipo bajito que intimida con la mirada. No mueve las manos para hablar, como hacen los políticos en Colombia, y es profundamente denso, fruto de una vieja pasión por la filosofía y las matemáticas. Petro suele responder en cámara lenta, masticando cada palabra, y con un tono de voz grave, no estridente, que lo hace casi solemne. Y hasta arrogante. Pese a estar presente en la vida pública desde que fue guerrillero del M-19, hasta convertirse en alcalde de Bogotá en octubre del año pasado, es uno de los hombres más desconocidos del país. Uno podría decir que detrás de ese “volcán de ideas”, como lo llama Antonio Navarro Wolff, su veterano compañero de batallas armadas y políticas, hay un Petro infranqueable, que no se deja descubrir fácilmente. Hoy, todos saben qué piensa de la corrupción y de las mafias (esa es una de sus palabras favoritas), pero poquísimas personas, dado su carácter introvertido y a veces huraño, conocen qué come, por qué se viste tan mal en algunas oportunidades, qué música escucha, quiénes son sus amigos, por qué tuvo tantas novias e hijos, por qué llora y hasta dónde quiere llegar. Lea la interesante entrevista que el periodista Yesid Lancheros realizó al Alcalde Gustavo Petro (… […]



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