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Julio 23, 2015

Así trabajan los guardianes de la limpieza de Transmilenio

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Written by: Metro en Bogotá
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A diario, 33 personas trasnochan para quitar incluso chicles que dejan pegados en los buses.

Luego de llevar a todos los pasajeros a sus destinos, los biarticulados de Transmilenio se desplazan hasta los patios que, usualmente, están ubicados muy cerca de los portales. El del norte se encuentra a diez minutos en carro; tal vez el doble a pie. Los que terminan el servicio en el Portal del Norte llegan al patio de Ciudad Móvil –empresa que lleva más de 10 años trabajando con Transmilenio– que se encuentra al lado de la sede Valmaría de la Universidad Pedagógica Nacional.

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Si el día fue soleado, seco, los buses terminan la jornada a las 11:00 p.m. con una pátina de polvo sobre las latas rojas, el piso lleno de tierra y los barandales grasientos por el manoseo diario de miles de usuarios. Lo normal. En cambio, si llueve, se pone peor: a las once el bus llega con el piso pintado por suelas de zapato hechas de barro y con algunos rincones anegados de agua.

Dejarlos como nuevos para trabajar al otro día es la tarea de 33 personas que velan por el aseo y el mantenimiento de los carros mientras los usuarios descansamos

La llegada de los vehículos va desde las 7:30 p.m. hasta las 12:30 m. En esas 5 horas, el Coordinador de Servicio debe recibir a cada uno de los más de 120 buses que todas las noches llegan al patio.

“Cuando me dirijo a recibir mi flota le pregunto al operador (conductor del bus): ‘¿Cómo le fue y qué novedades tiene el móvil?’”, cuenta Álvaro Alfonso, coordinador de servicio. “Entonces ellos me reportan lo más urgente que tenga el móvil, como frenos, suspensión, dirección y si está desalineado”.

Concluye orgulloso, mientras mira el formato cuadriculado que tendrá que llenar más de 100 veces esa noche. “Se hace todo esto para atacar directamente las novedades y que esos móviles queden listos para el día siguiente”, dijo.

Una vez se llena este checklist, el bus pasa a la zona de tanqueo. Allí lo esperan dos personas (‘isleros’, como los llaman) para surtir el tanque que es capaz de empacharse con 120 galones de la más dorada gasolina.

Lejos de ser una tarea fácil, para tanquear a un bus de Transmilenio es necesario confrontar a los kilómetros recorridos con los galones necesarios para emprender una nueva jornada en la madrugada del día siguiente. “Primero se ingresa el kilometraje con el que el bus llega inicialmente, ahí se activa la máquina que se encarga de surtir el combustible en un estado en el que no esté completamente lleno ni muy bajito”, asegura Wilmer Steven Garzón, uno de los ‘isleros’, mientras con manos expertas manipula la manguera por la que pasa la gasolina desde la estación.

Wilmer enfatiza en que la medición debe ser exacta. Entre 50 y 60 galones deben surtirse en cada bus para que no haya derrames en la vía (si queda muy lleno) y para que tampoco se llegue a varar prestando el servicio (en caso de quedar muy vacío). Es, en resumen, una labor milimétrica.

Satisfecho de gasolina, el bus recorre el semicírculo alargado que le da la forma al patio y regresa al mismo punto por el que entró; ya Álvaro no tendrá que revisarlo de nuevo, ahora van a lavar el vehículo. Tres hombres en overol azul oscuro y botas de caucho esperan, equipados con escobas, baldes llenos de agua y mucho jabón, a que llegue el articulado rojo.

Le abren un túnel para que pase y cuando llega frente a ellos empieza la sesión de lavado externo. “Mi labor consiste en lavar las latas, las ruedas y los vidrios”, relata Héctor Ángel, auxiliar de enfermería que por el momento dejó la asistencia médica para dedicarse a auxiliar el lavado externo.

“Yo comienzo con el panorámico de adelante, lo restriego, luego las latas, los aros de las ruedas, los cauchos de los guardabarros, las ‘manzanas’ de las ruedas y todas las puertas con sus bases”, dice Héctor. Cuenta que cuando los buses llegan muy embarrados, casi siempre cuando llueve, tienen que mojar todo el bus; calcula que cuando llegan en ese estado se llega a gastar entre 2 o 3 minutos por bus, una medida descabellada para él que en un minuto ya ha hecho su parte de la limpieza.

El vehículo avanza y para rematar la limpieza externa una máquina inmensa lo moja, lo cubre de jabón y lo restriega a gran velocidad. La Ceccato, como llaman los trabajadores del patio a la máquina que despliega por lado y lado rodillos de más de dos metros, remata rápidamente el trabajo que Héctor y su grupo empezó, alcanza los lugares a los que no llegaron la escoba y los cepillos.

Quitan los chicles de las sillas

Una vez el bus sale, chorreando agua jabonosa, una cuadrilla de mantenimiento aborda el bus. Entre seis o siete personas se encargan de la reparación de los daños eventuales que fueron reportados con anterioridad en el checklist de la entrada. Con su kit de herramientas se encargan de reparar bombillas rotas, tuercas zafadas, claraboyas atascadas y demás minucias que se pueden presentar en el trajín de todo un día trasportando gente.

Brayan Yutes hace parte de este equipo y resalta que “en el turno de la noche no paramos, trabajamos las 24 horas para tener operativa la flota y poder prestar un buen servicio a los usuarios en cuanto a seguridad y comodidad”. Brayan, Técnico en Mantenimiento de Motores Diesel con Especialización en Inyección Electrónica del SENA y el instituto venezolano IUTI, reconoce que su trabajo debe hacerse rápido pero que depende de las averías a las que tendrán que enfrentarse: “habrán trabajos muy rápidos que se demoran minutos y otros que se demoran horas”.

Pasados el lavado externo y el mantenimiento, el operador parquea el bus. Una vez ubican el vehículo, es el turno de realizar el lavado interno. Este exhaustivo trabajo se divide en varias fases: limpieza de barandales, sillas, la cabina del conductor y la cara interna de las ventanas; fumigado (aspersión de agua en todo el piso); dos pasadas de trapero y la remoción de chicles.

Fabiola Cepeda Gaona, auxiliar de lavado interno, se encarga de la segunda trapeada. “Luego de que la otra persona hizo la primera pasada, yo me encargo de pulir el bus, saco basura y quito los chicles”. Esta trabajadora, que lleva ya 7 años encargándose de parte del aseo interno, cuenta que lo más difícil es sacar los chicles: para lograrlo tiene que echar desengrasante y arrancar cada uno con espátula.

La labor de Fabiola no podría realizarse sin la ayuda de Wilson Beltrán, el fumigador. “Yo dejo que adelante vaya un grupo que va haciendo la limpieza de todos los enseres del carro, en seguida lo empiezo a mojar para que pasen las personas de trapero”, relata. Para quitar la suciedad, Wilson prepara dos canecas y media con agua, blanqueador, jabón y desinfectante que gastará en las 7 horas que dura su turno de trabajo.

La limpieza finaliza en la cara externa de las ventanas. Para hacerlo, un auxiliar de aseo ubica una pequeña escalera, trepa por ella y se extiende cuán largo es para restregar con un trapo cada uno de los grandes ventanales. “Nosotros nos encargamos de quitar la tierra que no cae del bus después que ha pasado por el grupo de limpieza a la entrada y la Ceccato”, cuenta Miguel Antonio Moreno Tay mientras humedece su trapo con líquido limpiavidrios.

Algunos de sus compañeros creen que su trabajo es de los más peligrosos porque debe hacer piruetas a un metro de altura. Sin embargo, asegura tranquilamente que no pasa nada gracias a la capacitación que recibió antes de empezar a trabajar en el patio.

Todo este proceso se repite, una vez tras otra, hasta que la flota completa queda limpia. A las 4:30 a.m. empiezan a salir los buses para iniciar una nueva jornada, mientras los 33 guardianes se van a descansar para volver otra vez, en la noche, a sacar la suciedad acumulada en un largo día de trabajo.

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