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octubre 25, 2017

LA CULTURA TRANSMILENIO

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Written by: Metro en Bogotá
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En diciembre del año 2000, a tan solo 13 días de terminar su periodo como Alcalde, Peñalosa echaba a andar 14 buses rojos por la Avenida Caracas.

Los buses rojos no llegaron solos, no se trataba únicamente de una flota de buses pintados de rojo con conductores uniformados (a diferencia de sus sucesores azules). Se trataba de una propuesta acompañada de puentes peatonales, ciclorutas, más espacio público y sobretodo algo que todos los bogotanos llegamos a conocer como la “Cultura Transmilenio”.

Tras un par de meses en funcionamiento, me fui a ‘montar Transmilenio’, como decimos en Bogotá. Al atravesar el torniquete metálico me encontré con una estación que invitaba a hacer fila para abordar los buses, indicando con flechas amarillas en el piso los lugares apropiados para hacerla. La mezcla entre el gris metálico y el vidrio ofrecían un paisaje de cierto ‘modernismo’, comparado con el horrendo espectáculo de cemento y rejas que habían convertido años atrás a la Caracas como la jaula de concreto más insegura y contaminada de Bogotá.

Al abordar el primer bus, descubrí que entre la fila de rojas sillas plásticas, se destacaban unas sillas azules. Eran sillas que estaban ahí para ser usadas por quienes más las necesitaban: mujeres embarazadas, niños, ancianos, discapacitados, etc. Lo sorprendente es que las sillas azules efectivamente eran usadas por ellos, sin necesidad de “parquear” un policía junto a cada juego, obligando a la ciudadanía a respetar su destinación especial. Más increíble aún, ni siquiera se redactó una ley en el Congreso, entre las miles de normas inservibles que se aprueban cada tanto, obligando a respetar las sillas azules so pena de recibir condena por desobedecer.

Estas flechas amarillas, sillas azules y miles de ciudadanos que respetaban normas que no estaban escritas en ningún lado, fueron lo que en realidad caracterizaba a Transmilenio y su particular Cultura. La “cultura Transmilenio” también nos terminó de enseñar a usar sus puentes peatonales, a hacer fila para pagar y subirnos al bus, a ser solidarios, aseados y ordenados, a guardar el papelito para la caneca de la casa.

Fue esa “cultura Transmilenio” quien cuidó durante varios años de nosotros. A nadie se le ocurría, ni a ladrones ni a ciudadanos, que fuera posible subirse puñal en mano a atracar a todos los pasajeros de buses y estaciones. Si acaso lo máximo que podía pasar es que el “cosquilleo” nos arrebatara un celular o billetera, en medio casi siempre de algo de descuido. Pero, ¿un atraco a mano armada? !Jamás!.

Fue esa cultura Transmilenio la que resultó herida el día en que políticos de turno decidieron despojar a Bogotá de los recursos para construir su Tercera Fase. Ese día, miles de Bogotanos descubrieron que era posible robar en Transmilenio y saltaron a la calzada para hacerle conejo. A sus heridas también asisten los gobiernos que creyeron que a los vendedores ambulantes y mendigos no hay que bajarlos de Transmilenio, porque ‘tienen derecho a trabajar’ o se trata de ‘emprendedores populares’.

Sin Cultura Transmilenio las estaciones se fueron llenando de policías, encubiertos y descubiertos, que apenas siendo bachilleres auxiliares no tienen cómo enfrentar la oleada de atracadores, colados, mendigos y vendedores que arrinconaban a los resignados usuarios contra la desesperación y la impotencia de soportar un sistema que sin la Cultura Transmilenio solo pasaría a ser un montón de buses rojos, nada más que eso.

¿Quién es Andrés Trujillo?
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