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Marzo 18, 2014

Ella no baila sola

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Written by: Metro en Bogotá
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Cubrirse la clavícula, usar pantalones sueltos, chaqueta grande, el pelo recogido. Si eres rubia, es una obligación tenerlo agarrado en un moño. No usar tacones muy altos ni maquillaje llamativo. Que la ropa tenga colores oscuros. En las horas de calor sabanero, permanecer con un suéter o una chaqueta puestos. Aguantar el calor. Si usas una camiseta de un color llamativo, por no hablar de pantalones ceñidos o una falda corta, tendrás que aguantar que los hombres te miren los pechos, te susurren obscenidades, te silben, piten con el claxon de su carro y, si tienen suerte, que se froten contra tu cuerpo en un autobús.

Separar hombres y mujeres en TransMilenio implica solucionar el problema de modo inmediato pero en un espacio muy reducido de la ciudad.

Separar hombres y mujeres en TransMilenio implica solucionar el problema de modo inmediato pero en un espacio muy reducido de la ciudad.

Las indicaciones no se encuentran en ningún manual, pero cualquier bogotana se las sabe de memoria. Cómo salir a cualquier espacio público y evitar el socialmente aceptado acoso sexual callejero. Los hombres, a un lado, como bestias en celo, rugiendo y lanzando aullidos. Las mujeres, al otro, lidiando con el aliento caliente de los machos que deciden someterlas a este cortejo lascivo a diario.

Los hombres lo hacen, las mujeres no. Ergo, no se trata de una conducta propia del ser humano e imposible de corregir. Los hombres lo hacen porque se lo permiten. Porque la cultura los mima y les permite regodearse en su naturaleza de mero macho a la hora y en el lugar que consideren conveniente. Las mujeres, por su parte, deben caminar rápido, hacer oídos sordos, rogar para que el recorrido en la calle sea breve. Las bestias están al acecho, de modo permanente.

La situación ha llegado al extremo de tener que separar ambos géneros en TransMilenio. El acoso ha llegado a niveles intolerables. Debido al diseño de estos autobuses, el acoso se vuelve mucho más frecuente e impune. Hay pocos asientos y un gran espacio para ir de pie. Para frotarse con el cuerpo de la mujer de al lado. Acoso que linda con el abuso sexual. Los silbidos, el contacto visual, el manoseo, el piropo, la frase lasciva, todos estos componentes parecen haberse instalado para siempre en el diario vivir de los bogotanos. En la más absoluta impunidad, al punto de que encarcelar a un hombre por tocar a una mujer se convierte en noticia nacional. Porque es un caso en un millón.

Separar hombres y mujeres implica solucionar el problema de modo inmediato pero en un espacio muy reducido de la ciudad. TransMilenio es tan solo uno de los tantos espacios públicos que convierten a las mujeres en meros objetos de deseo y de evaluación. ¿Cómo se denuncia una frase lasciva susurrada al oído en una esquina? ¿A quién acudir si el tipo que va de pie en el bus frota su cuerpo contra el hombro de una mujer que va sentada? ¿En qué momento el acoso sexual se convirtió en sinónimo de picardía?

La mitad de la población bogotana son mujeres. Y ese 50% de los habitantes está expuesto a un amplio espectro de conductas humillantes, por no hablar de circunstancias que les quedan prohibidas de facto, como salir a tomar una copa sola o coger un taxi a las dos de la mañana. Incluso a las 8 de la noche ya implica cierto riesgo. No pueden caminar solas de noche, ni salir a bailar, ni subirse a un bus con un vestido corto. Es hora de sancionar este comportamiento agresivo de miles de hombres que consideran “natural” evaluar a las mujeres que ven en la calle y comunicarles verbal –o físicamente– sus deseos. La calle es un espacio público tanto de los hombres como de las mujeres, cuya su integridad física y moral debe protegerse a toda costa. El acoso sexual es el primer paso para el abuso sexual. ¿Vamos a seguir siendo permisivos con esto?

El Tiempo

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