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Marzo 15, 2016

Uber y la movilidad del siglo XXI

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Written by: Metro en Bogotá
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Como bien ha escrito Rodrigo Díaz, Pedestre, Uber y sus pares Cabify, Lyft entre otros, son transporte conveniente pero no sostenible. Es conveniente porque está a un “click” de distancia, el pago se hace directamente a la tarjeta de crédito, el tratamiento de los conductores es respetuoso (generalmente), el registro electrónico de todo el proceso genera confianza de seguridad por su trazabilidad y no se demoran tanto.  Los promotores de Uber los saben, y se le miden a aprovechar resquicios de la ley, o a incumplirla de frente, porque hay una demanda insatisfecha. No importa que cobren tarifas dinámicas, basadas en oferta y demanda, que a veces resultan en cobros bastante altos. Su expansión global parece imparable. La innovación no le tiene miedo a las crucetas.

Uber no es transporte sostenible porque implica más viajes, más kilómetros en vehículo, que resultan en más congestión, contaminación y accidentalidad. Tal vez un poquito menos que los carros y las motos, pero no muy lejos de ellos.  Si todos vamos en Uber, los líos graves de la movilidad no son distintos a los que enfrentamos actualmente.

Los taxis por su parte, tampoco son sostenibles y son cada vez menos convenientes. Las quejas por inseguridad, mal trato, “para allá no voy”, y la conducción agresiva y peligrosa de algunos taxistas, crecen al tiempo que Uber se expande.  La solución de los taxistas es exigir la prohibición de Uber;  en Alemania, España, Francia, lo han logrado, independiente de las necesidades de los usuarios. Aquí, hasta ahora, parece que el pulso va a favor de los amarillos, que siguen protestando por sus derechos (no los derechos de quienes los usan).

Tal vez son más inteligentes las respuestas de México y Sao Paulo al nuevo fenómeno que está aquí para quedarse.  En México exigen el registro de las plataformas y luego a el 1.5% de cada viaje al “Fondo del Taxi, la Movilidad y el Peatón”. Los vehículos que presten el servicio son de alta gama, cuentan con elementos de seguridad y son de menores emisiones que los vehículos convencionales (convertidor catalítico, filtros de partículas  y alta eficiencia energética). Ganan los usuarios con más alternativas de servicio; gana la ciudad porque algo del lucrativo negocio se puede usar en mejor movilidad.

En Sao Paulo, por su parte, ha propuesto el cobro por kilómetros de servicio (algo parecido a un cobro por congestión que generan los vehículos) y compartir información con la ciudad (muy útil en procesos de gestión y planeamiento de la movilidad).  La norma propuesta no es ley todavía, y el pulso con los taxis convencionales sigue. Mientras tanto Rio de Janeiro prohibió Uber, pero el servicio sigue funcionando (como aquí).

En beneficio del usuario, es mejor abrir el mercado a nuevas ofertas, así no sean tan sostenibles, y generar recursos a la ciudad para mejor infraestructura para peatones, bicis y transporte público masivo. Ignorar, prohibir, disfrazar las autorizaciones de “servicio de lujo” sin que exista contraprestación, es simplemente ignorar los avances de la tecnología y las nuevas necesidades de movilidad.

Y los amarillos ¿podrán compartir algo del alto costo de los cupos con el estado, o seguirá siendo un negocio privado entre privados? ¿Por qué no se subasta ese derecho, como las placas de todos los carros en Singapur?

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